¡Era su cumpleaños! Dentro de una pequeña y desgastada caja de cartón, un perro joven esperaba, sin saber por qué todo lo que le resultaba familiar había desaparecido de repente.

El aire era fresco, el silencio casi demasiado profundo, y cada hora que pasaba parecía durar un poco más que la anterior.
Había conocido la calidez: voces suaves, manos amables y risas que lo hacían sentir como en casa.
Pero un día, todo quedó en silencio. La puerta del coche se cerró, los pasos se desvanecieron y se encontró esperando en silencio.

Al principio, escuchó con atención, seguro de que alguien volvería. Pero al caer la noche, los sonidos a su alrededor cambiaron: el suave viento que movía por las calles, el sonido del tráfico lejano y el suave sonido de su respiración mientras se acurrucaba para entrar en calor.
El hambre comenzó a susurrar en su pequeño cuerpo, y tenía la boca seca. Pero lo más difícil no era el frío ni el estómago vacío, sino la espera. La silenciosa esperanza de que alguien se detuviera, lo mirara y le importara.

Pasó de largo. Algunos lo notaron pero dudaron, otros no lo vieron. Era como si el mundo siguiera moviéndose, sin percatarse de su presencia.
Sin embargo, se quedó; su corazón se aferraba a una simple creencia: que la bondad podría encontrarle el camino de regreso.
Lo que sucedió después en su viaje podría romperte el corazón.