El hambre le había arrancado la carne, dejando solo un cuerpo tembloroso, frágil, hecho de piel pegada al hueso. Cada costilla sobresalía como una herida silenciosa. Sus patas, delgadas como ramas secas, apenas lo sostenían.
Y aun así… seguía esperando.

El abandono le robó la voz.
El frío, la soledad, el olvido… le arrebataron todo.
Todo, menos una cosa: la fe.
Fe en que, quizás, alguien lo vería.
Fe en que un corazón humano aún sería capaz de detenerse, mirar y entender:
“Él no quiere morir… solo quiere ser amado.”

Sus ojos, apagados por el dolor, aún contenían un rayo de esperanza.
No se quejaba, no lloraba.
Solo esperaba.
Esperaba que no fuera demasiado tarde.
Y quizás, si lo estás viendo ahora,
no lo fue.
Porque incluso cuando el cuerpo ya no puede más,
el alma de un perro jamás se rinde.