Mis huesos crujen como ramas secas y mi piel, cubierta de llagas, arde bajo la fiebre. Cada paso es un esfuerzo que me roba el aliento, pero dentro de mí aún queda algo vivo: un deseo inmenso de quedarme, de sentir una caricia, de escuchar una voz que pronuncie mi nombre con ternura, como si aún importara.

Desde fuera, quien me mira ve un cuerpo roto, marcado por el tiempo y la enfermedad. Algunos apartan la vista, incapaces de sostenerla, como si mi dolor fuera demasiado incómodo de presenciar. Pero si se acercaran, si se atrevieran a mirar más allá de las heridas, verían mis ojos. Y en ellos, la chispa de un corazón que aún late con fuerza, que se aferra a la vida como si cada segundo fuera un regalo que no quiere perder. Esa mirada no pide lástima, pide reconocimiento: que alguien vea que todavía estoy aquí, que mi historia no ha terminado.

No pido mucho. No busco riquezas ni festines. Solo anhelo un rincón donde descansar sin miedo, una mano que me acaricie sin asco, un alma que me vea más allá de mi piel rota. Sueño con sentir el calor de un hogar, con dormir sin el temor de no despertar. Imagino el sonido de pasos que se acercan, el roce de una manta limpia, el susurro de una voz que diga “ya estás a salvo”. Y en ese instante, todo el dolor se volvería más soportable.

Y mientras mi cuerpo se apaga poco a poco, mi corazón late fuerte, aferrándose a la esperanza de que, antes del final, alguien me elija… y me ame. Porque incluso en la fragilidad más extrema, la vida sigue pidiendo una oportunidad, y yo sigo aquí, resistiendo, esperando que esa oportunidad llegue antes de que la última chispa se apague.