En una zona tranquila cerca de un campus universitario en Ciudad Real, España, ocurrió un descubrimiento que dejó profundamente impactados incluso a los trabajadores más experimentados en protección animal.

En una zona tranquila cerca de un campus universitario en Ciudad Real, España, ocurrió un descubrimiento que dejó profundamente impactados incluso a los trabajadores más experimentados en protección animal. Dos perros fueron encontrados deambulando en un estado tan crítico que resultaba difícil comprender cómo aún seguían con vida. Sus cuerpos estaban alarmantemente delgados, y sus movimientos eran lentos e inestables, como si cada paso exigiera una fuerza que ya casi no tenían.

Cuando los rescatistas se acercaron, la realidad se volvió dolorosamente evidente. No se trataba de perros que hubieran pasado unos días sin comer. Aquellos animales, que más tarde serían llamados Raiz y Tierra, habían sufrido un abandono prolongado. Sus cuerpos estaban reducidos a piel estirada sobre huesos frágiles, una señal clara de semanas, e incluso meses, de hambre extrema. No mostraron agresividad ni miedo al ser encontrados; solo un cansancio profundo, como si ya hubieran luchado demasiado.

Ambos fueron trasladados de inmediato a un centro local de protección animal, donde el equipo se preparó para enfrentar el peor escenario. Al llegar, los trabajadores notaron que gran parte de su pelaje había desaparecido, dejando al descubierto extensas zonas de piel rosada e irritada. La falta de pelo sugería que habían sido mantenidos encerrados o escondidos durante largo tiempo, privados no solo de alimento, sino también de luz solar, cuidados básicos y dignidad.

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Las evaluaciones veterinarias confirmaron la gravedad de su estado. Raiz y Tierra presentaban desnutrición severa, deshidratación extrema y una debilidad generalizada que comprometía seriamente sus órganos vitales. Sus sistemas inmunológicos estaban profundamente dañados, lo que los hacía especialmente vulnerables a infecciones y fallos orgánicos. Acciones simples como mantenerse de pie, comer o levantar la cabeza requerían un esfuerzo enorme.

Carme Díaz, voluntaria con más de treinta años de experiencia en rescate animal, confesó que le resultaba difícil describir el caso sin emoción. A lo largo de su trayectoria había visto mucho sufrimiento, pero admitió que el estado de Raiz y Tierra se encontraba entre los más devastadores que había presenciado. Según Díaz, el nivel de emaciación evidenciaba un sufrimiento prolongado, no un descuido puntual ni una situación aislada.

A pesar del panorama desolador, el equipo de rescate se negó a rendirse. Los perros fueron puestos bajo observación constante y comenzaron un tratamiento cuidadoso que incluía alimentación controlada, fluidos y medicación específica. Cada ración debía introducirse lentamente, ya que sus cuerpos debilitados no podían tolerar cambios bruscos sin poner en riesgo sus vidas.

Los primeros días fueron decisivos. El progreso llegaba en pequeños pasos: unos bocados más de comida, una postura ligeramente más firme, una breve chispa de atención en la mirada. Cada mejora, por mínima que fuera, despertaba una esperanza cautelosa, sabiendo que la recuperación tras una negligencia tan extrema rara vez es lineal.

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Más allá del daño físico, el impacto emocional era evidente. Raiz y Tierra mostraban miedo, retraimiento y desconfianza hacia el contacto humano. Los ruidos fuertes los sobresaltaban y cualquier intento de acercamiento era recibido con duda. Sin embargo, con el paso del tiempo, comenzaron a surgir señales distintas: miradas más suaves, momentos de calma, indicios de que empezaban a comprender que el sufrimiento podía estar llegando a su fin.

La historia de Raiz y Tierra generó una profunda reflexión en la comunidad sobre el bienestar animal y la responsabilidad humana. Su estado no apareció de la noche a la mañana; fue el resultado de una negligencia sostenida, ignorada hasta que sus cuerpos ya no pudieron ocultar la verdad. Hoy, aunque su futuro aún es incierto, una cosa es segura: ya no son invisibles. Están a salvo y rodeados de personas dispuestas a ofrecerles el cuidado y la paciencia que les fueron negados durante tanto tiempo.