Era suave e incierto, pero con la suficiente urgencia como para que alguien se detuviera a escuchar.

Dos perros estaban allí, uno al lado del otro. Uno se movía en pequeños círculos ansiosos, mirando a su alrededor como si intentara comprender su entorno. El otro permanecía en el suelo húmedo, apenas inmóvil. Era más pequeño, su cuerpo frágil contra la tierra mojada. Sus ojos estaban nublados, desenfocados. No podía ver.
Junto a ellos estaban dos pequeñas bolsas: bolsas sencillas y comunes que alguna vez contenían comida y algunas pertenencias. No habían vagado por allí solos. Era evidente que alguien los había dejado en ese tranquilo tramo del sendero, juntando a los perros y sus pocas pertenencias antes de alejarse.
Solos, pero aún juntos.

La perra ciega más tarde recibirá el nombre de Agnes. De cerca, su estado era delicado. La lluvia le había enredado el pelaje en pequeños nudos. Sentía el cuerpo débil, como si hubiera carecido de la alimentación adecuada y de cuidados constantes durante demasiado tiempo. Un ojo parecía apagado, el otro opaco; ambos reflejaban una vida que había estado esperando en silencio a que alguien la notara.
Y aun así, permanecía tranquila. No gritó. No entró en pánico. Simplemente descansaba allí, confiando en su compañera que caminaba a su lado, y quizás confiando en que el mundo aún albergara bondad más allá de la hierba alta.
La escena era apacible, pero el significado era profundo.
¿Cuánto tiempo llevaban allí? ¿Cuántos pasos habían pasado antes de que alguien los viera de verdad?
¿Encontró Agnes un lugar seguro a pesar de haber perdido la vista? ¿Y qué fue del perro fiel que se negó a separarse de su lado?
La siguiente parte del viaje de Agnes, y la esperanza de encontrarla, es el capítulo que la gente más recuerda.
La siguiente parte del viaje de Agnes te espera en la primera 🗨️ Abajo ⬇️