Al principio, parecía que ya se había dado por vencida.
Una perra pálida yacía sobre la hierba mojada, con el cuerpo manchado de tierra y el pelaje pegado a los costados en grumos fangosos. A su alrededor, diminutos cachorros recién nacidos se retorcían a ciegas en el frío, con narices rosadas e indefensos, apretándose unos contra otros porque no quedaba manta, ni caja, ni lugar seco en el mundo para ellos.
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El campo detrás de los almacenes abandonados era el tipo de lugar en el que la gente solo se fijaba cuando algo salía mal.
Se encontraba justo después de la última hilera de casas, medio salvaje y medio olvidada, con una valla rota a un lado y una zanja de agua estancada al otro.
En verano, las malas hierbas se apoderaron del terreno.
En invierno, el suelo se convertía en un lodazal resbaladizo.
Y después de la lluvia, todo allí olía a hierba mojada, tierra fría y abandono.

Esa mañana, por fin había cesado la lluvia.
Pero el daño que dejó a su paso estaba por todas partes.
El cielo se cernía bajo y sin color sobre la tierra.
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