La llamada se produjo justo después del anochecer.
No proviene de un voluntario de rescate.
No de la policía.
De una mujer que vivía encima de un callejón estrecho detrás de un taller mecánico y que estaba harta de oír el mismo sonido todas las noches.

Un sonido de llanto.
Suave.
Interrumpido.
Demasiado débil para ser un gato.