Toda su vida la pasó acostado al borde de la carretera… y lo más cruel no fue el hambre ni el frío, sino que durante años nadie se detuvo lo suficiente como para preguntarse por qué ese perro siempre seguía esperando en el mismo lugar. 
Los conductores lo veían como parte del paisaje.
Un cuerpo blanco y delgado encogido junto al separador de la avenida, bajo el sol, bajo el polvo, bajo el ruido interminable de motos, coches y pasos apresurados. Algunos pensaban que dormía. Otros creían que pertenecía a alguien de los negocios cercanos. Pero al día siguiente seguía allí. Y al otro también. Y al otro. 

Nadie sabía cuándo había llegado.
Solo sabían que ese perro llevaba demasiado tiempo acostado en la misma franja de asfalto, mirando de vez en cuando hacia la calle como si todavía esperara reconocer un rostro entre miles.
No ladraba.
No pedía comida.
No corría detrás de nadie.
Solo esperaba. 
Los vendedores de la zona empezaron a decir que llevaba años viviendo entre el borde de la carretera y una vieja entrada de servicio. Sobrevivía con sobras, con agua que algunos dejaban en envases rotos y con la sombra miserable que el muro le regalaba por unas horas.
Pero lo que más partía el alma no era su cuerpo cansado.
Era su fidelidad.
Porque cada vez que un coche reducía la velocidad, él levantaba la cabeza.
Cada vez que alguien se acercaba unos pasos, sus ojos se encendían por un segundo.
Y cada vez que la persona seguía de largo, volvía a bajar el hocico con una tristeza tan silenciosa que dolía más que cualquier gemido. 
Parecía un perro que no estaba viviendo en la calle.
Parecía un perro castigado a esperar.
Como si en algún momento alguien le hubiera hecho creer que debía quedarse allí… y él hubiera obedecido incluso después de ser olvidado.
Un joven repartidor empezó a dejarle comida.
Luego una mujer le puso agua.
Después otro hombre le llevó un pedazo de cartón para que no durmiera directamente sobre el cemento caliente.
Pero el perro nunca se iba.
Nunca se alejaba de ese tramo de carretera.
Como si abandonar ese lugar fuera renunciar a la última promesa que aún guardaba en el corazón.
Hasta que una tarde, cuando una rescatista por fin se arrodilló junto a él para sacarlo de allí, el anciano abrió los ojos, intentó incorporarse… y giró la cabeza hacia una grieta oscura detrás del muro, como si todavía estuviera protegiendo algo que nadie había visto…
¿Qué pasó después…?
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La ciudad lo había absorbido tanto que casi dejó de verlo.
Estaba ahí.
Siempre.
En el mismo borde de la avenida.

Donde el concreto cambia de color por el polvo.
Donde el ruido de las motos rebota contra el separador.
Donde el calor sube del asfalto como un vapor que quema incluso sin tocar.
Y allí, encogido contra el muro amarillo y negro, dormía un perro blanco.