El primer detalle que rompió a Sofía no fue la delgadez de la perrita.

Fue la forma en que seguía cubriendo a sus cachorros incluso mientras parecía quedarse sin aire.
Sofía había bajado del autobús dos calles antes de su parada porque el tráfico estaba detenido y prefirió caminar.
Llevaba una bolsa de comida rápida en una mano.

El teléfono en la otra.
La cabeza ocupada con cosas pequeñas y urgentes.
Mensajes sin responder.
Una factura pendiente.