Para cuando empezó a llover esa mañana, el pueblo ya había decidido que sería un mal día.
Las nubes descendieron antes del amanecer.
El estrecho camino entre las casas se volvió resbaladizo y oscuro.
Las coladas para tender la ropa quedaron vacías.
Los comerciantes bajaron los toldos.
El puesto de té cerca de la esquina atendía al doble de clientes porque nadie quería estar de pie a la intemperie más tiempo del necesario.

Era el tipo de lluvia que hacía que la gente se comportara de forma egoísta en pequeños detalles.
Cabeza abajo.