Aquella tarde hacía un calor sofocante.
El asfalto desprendía un calor seco y abrasador que hacía que uno quisiera caminar lo más rápido posible para encontrar algo de sombra.
Ese pequeño callejón no tenía nada de especial en un principio.

Unas cuantas casas antiguas.
Las persianas enrollables están descoloridas.
Una acera cubierta de arena gruesa y polvo.
Y el ruido del tráfico nunca cesa.
En medio del ajetreo diario, hay un pequeño rincón cerca de la carretera al que casi nadie se molesta en mirar con atención.
No es más que un montón de viejas láminas de cartón unidas entre sí.
Un recipiente de plástico para alimentos está colocado de forma ladeada.

Una figura delgada, demacrada y de color marrón yacía cerca del suelo.
A primera vista, uno podría confundirlo fácilmente con un perro callejero que busca sombra.
O, en el mejor de los casos, es simplemente otro animal abandonado, como tantos otros que esta ciudad suele ignorar.
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