El hombre que barre el antiguo mercado lleva casi doce años haciendo ese trabajo.
Estaba acostumbrado al olor a basura.

Familiarizado con callejones húmedos.
La gente está acostumbrada a deshacerse de las cosas que ya no quiere ver.
Las verduras están magulladas.
La caja de poliestireno está sucia.
La silla está rota.
Y a veces, incluso los animales son descuidados como si fueran simplemente una parte más de ese montón de sobras.

Pero aquella mañana fue diferente.
El aire es cálido y seco.
El sol caía con tanta fuerza sobre el hormigón que todo parecía deslumbrar.
Estaba empujando su carrito de basura por el callejón trasero del mercado cuando escuchó un sonido extraño.
No es grande.
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