Se suele decir que la ciudad nunca duerme.
Pero hay rincones de la ciudad que no siempre están despiertos.
Se fueron deteriorando silenciosamente.

Está desprendiendo un olor fétido en silencio.
Devorando en silencio aquello a lo que nadie quiere aferrarse ya.
Detrás de la hilera de antiguas tiendas de conveniencia en la calle Tran Quang, aquel día había un lugar como ese.

La persiana enrollable lleva bajada mucho tiempo.
El letrero parpadeaba, medio encendido, medio apagado.
La pared está cubierta de polvo negro.
Un cubo de basura de plástico yacía inclinado junto a un montón de cajas de poliestireno arrugadas y bolsas de plástico empapadas.
En este punto, la gente que pasa por allí suele acelerar el paso.
Nadie quiere quedarse mirando fijamente durante mucho tiempo.
Nadie quiere olerlo durante mucho tiempo.