Lo dejaron tirado junto a una puerta húmeda, inmóvil sobre el cemento frío.h

Lo dejaron junto a una puerta húmeda y nadie creyó que siguiera luchando.

La calle era estrecha.

Vieja.

Silenciosa de una manera incómoda.

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No era una avenida con vitrinas limpias ni árboles bonitos.

Era uno de esos rincones olvidados de la ciudad donde la pintura se cae en capas, las tuberías sudan humedad y el cemento parece conservar la tristeza de todo lo que ha visto.

A esa hora de la mañana, la luz todavía era débil.

El cielo estaba gris.

Había llovido durante la madrugada.

El suelo seguía marcado por charcos sucios y grietas oscuras.

Y allí, pegado al muro de una casa de puerta metálica desgastada, estaba el perro.

No se movía.

Su cuerpo blanco con manchas café estaba recostado de lado.

Tenía la cabeza apoyada contra el cemento.

Una oreja chata.

La lengua apenas afuera.

Los ojos abiertos.

No del todo vivos.

Pero tampoco apagados.

Como si estuvieran aguantando.

Como si se negaran a cerrarse hasta no entender si esta vez alguien lo iba a ver de verdad.

Los primeros vecinos pasaron sin detenerse.

Un hombre con casco lo esquivó.

Una mujer con uniforme de limpieza lo miró un segundo y siguió.

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