Nadie supo cuánto tiempo llevaba allí.
Tal vez toda la mañana.
Tal vez desde el mediodía.
Tal vez desde mucho antes de que alguien pudiera oír siquiera sus lamentos.
El pozo estaba junto al borde de una zona en construcción abandonada.
Era uno de esos lugares que todos ven de lejos pero que nadie mira realmente.
Había montones de tierra seca.

Pedazos de varilla oxidada.
Tablas rotas.
Plástico arrastrado por el viento.

Y, en medio de todo eso, una cavidad oscura llena de alquitrán espeso.
Desde arriba parecía solo una mancha negra.
Una superficie inmóvil.
Casi sólida.
Casi inofensiva.
Pero no lo era.
Porque cuando aquel perro cayó allí, la sustancia no lo recibió como barro.
Lo atrapó como una trampa viva.
Primero una pata.
Después la otra.
Luego el vientre.
Luego el costado.
Intentó salir de inmediato.
Movió el cuerpo con desesperación.
Rasgó con las uñas.
Empujó con todas sus fuerzas.
Pero el alquitrán se pegaba más a cada intento.
Le jalaba el pelaje.
Le inmovilizaba las piernas.
Le robaba energía.
Cada movimiento lo hundía un poco más.
Cada segundo lo agotaba.
Nadie escuchó el primer grito.
Ni el segundo.
Ni el tercero.
Los autos pasaban cerca levantando polvo.
El ruido del tráfico lo cubría todo.
A lo lejos, algunos trabajadores caminaban por otra parte del terreno.
Uno cargaba herramientas.
Otro hablaba por teléfono.
Otro fumaba junto a una pila de bloques.
Ninguno notó al perro atrapado.
Ninguno miró hacia el pozo.
El animal seguía luchando.
No entendía qué era aquella masa negra.
Solo sabía que quería salir.
Quería poner las patas en tierra firme.
Quería correr.
Quería respirar sin aquel olor pesado pegado a su cara.
Quería vivir.
El sol subió más alto.
El calor cayó sobre su cuerpo cubierto de alquitrán.
La sustancia se volvió más densa sobre su piel.
Más dura.
Más cruel.
Su lengua colgaba hacia un lado.
Su respiración empezó a volverse corta.
Los gemidos perdieron fuerza.
A ratos, se quedaba inmóvil.
No porque quisiera rendirse.
Sino porque el cuerpo ya no respondía igual.
En los ojos se le mezclaban dos cosas.
El terror.
Y la confusión.
Como si todavía no entendiera cómo había terminado allí.
Como si siguiera esperando que aquello fuera una pesadilla breve.
Pero las horas pasaban.
Y el pozo no lo soltaba.
Las moscas comenzaron a acercarse.
El viento arrastraba polvo sobre el borde.
Un trozo de plástico se movía cerca de su hocico.
Él ya casi no podía apartarlo.
Su lomo quedaba parcialmente visible.
La cabeza seguía afuera.
Nada más.

Cuando intentaba mover una pata, el alquitrán respondía tragándolo un poco más.
A esa altura, cualquier otro habría pensado que ya era tarde.
Que no había nada que hacer.
Que era uno de esos casos que terminan en silencio.
Pero incluso entonces, el perro seguía resistiendo.
No con fuerza.
No con rabia.
Sino con la obstinación pura de quien se niega a desaparecer.
Al final de la tarde, un repartidor llamado Karim circulaba por ese camino secundario en su motocicleta.