El cuarto olía a humedad, polvo viejo y abandono.
La luz entraba por una abertura rota en la pared y caía sobre una escena tan cruel que parecía imposible que siguiera existiendo vida allí dentro.
En medio de una manta sucia, casi confundida con los escombros, yacía una perrita madre reducida a piel, huesos y sufrimiento.
Su cuerpo estaba tan consumido que cada costilla parecía querer atravesar la piel.
La sarna había devorado casi todo su pelaje.
Las llagas abiertas cubrían su lomo, sus patas y el costado de su cuello.
Había zonas inflamadas.
Había costras secas.

Había infección.
Había hambre.
Y había una clase de agotamiento que no se puede fingir.
Pero lo más doloroso no era verla a ella.
Lo más doloroso era ver lo que seguía ocurriendo a su alrededor.
Dos cachorros diminutos seguían pegados a su vientre.
Uno blanco.
Uno marrón claro.
Ambos tan pequeños que apenas parecían estables sobre sus patas.
Ambos desesperados.
Ambos buscando alimento en el cuerpo de una madre que ya no tenía nada que dar.
Empujaban con sus hocicos una y otra vez.
Se acomodaban.
Gemían.
Volvían a intentar.
No sabían que la leche había desaparecido hacía tiempo.
No sabían que la madre a la que se aferraban estaba peleando por no morir frente a ellos.
Solo sabían una cosa.
Que ese cuerpo exhausto seguía siendo su hogar.
Aquella habitación abandonada no era un refugio.
Era una sentencia lenta.
Las paredes estaban manchadas.
El suelo estaba cubierto de periódicos viejos, restos de basura, hojas secas y polvo acumulado de semanas.
No había comida.
No había agua limpia.
No había una sola señal de cuidado humano.
Solo el eco de un abandono calculado.
Luna, como la llamarían después, había sido dejada allí cuando sus dueños descubrieron dos cosas que para ellos parecían convertirse en un estorbo.
Estaba enferma.
Y estaba preñada.
Eso bastó.
No la llevaron a una clínica.
No pidieron ayuda.
No buscaron una familia temporal.
No hicieron el mínimo intento por salvarla.
Simplemente la dejaron en aquel edificio en ruinas, como si su vida y la de los cachorros que llevaba dentro no significaran nada.
Y allí, sola, tuvo que dar a luz.
No había una manta limpia esperándola.
No había una mano acariciando su cabeza.
No había alimento reforzado ni agua tibia.
No había consuelo.
No había nadie.
Solo oscuridad.
Solo dolor.
Solo el instinto inmenso de una madre que entendió que, aunque todo en su cuerpo se estaba rompiendo, aún debía mantenerse viva un poco más.
Eso fue lo que hizo.
Aguantó.
Respiró como pudo.
Luchó como pudo.
Se quedó allí, temblando, soportando el hambre, el picor insoportable de la sarna, la infección de las heridas y la debilidad extrema, solo para mantener cerca a sus bebés.
Cada movimiento suyo costaba.
Cada respiración era lenta, pesada, irregular.
A veces ni siquiera podía levantar la cabeza.
Pero cuando uno de los cachorros se apartaba demasiado, hacía un esfuerzo casi imposible para acercarlo con el hocico.
Cuando alguno gemía, intentaba lamerlo.