La tormenta había comenzado al caer la tarde, pero fue durante la noche cuando mostró su verdadera fuerza.
Primero llegó el viento.
Después los relámpagos.
Y luego el agua.
Una lluvia pesada, continua, casi salvaje, que cayó sobre los campos hasta convertir los senderos en ríos de tierra oscura.
En el pequeño pueblo, las ventanas se cerraron temprano.
Las puertas fueron aseguradas con más fuerza que de costumbre.
Las gallinas se apiñaron en los corrales.
Los animales grandes se refugiaron como pudieron.
Y la gente, acostumbrada a inviernos duros y madrugadas largas, solo esperaba que la tormenta pasara sin llevarse nada importante.
Pero hay noches en las que la naturaleza no avisa lo que va a arrancar.
Esa fue una de ellas.
A varios kilómetros del centro del pueblo, más allá de los huertos y de los sembradíos de maíz ya castigados por la lluvia, una perra vagaba con sus cachorros buscando refugio.
No tenía collar.
No tenía casa.
No tenía nombre para los hombres.
Pero sí tenía memoria.
Y tenía instinto.

Y sobre todo tenía ese amor feroz que solo una madre conoce cuando siente el cuerpo tibio de sus crías pegado al suyo.
Había encontrado durante días un rincón seco entre raíces gruesas, detrás de un viejo terraplén, donde el viento no golpeaba tan fuerte.
No era un hogar.
Pero era un lugar donde sus cachorros podían dormir sin temblar tanto.
Esa noche intentó llevarlos allí otra vez.
Los llamó con pequeños sonidos de garganta.

Se giró una y otra vez para comprobar que la seguían.
Los empujó suavemente con el hocico cuando uno se rezagaba.
Pero la lluvia llegó antes de que lograra ponerlos a salvo.
El agua empezó a correr por la tierra con una fuerza nueva.
Los surcos se llenaron.
El barro cedió bajo las patas.
El suelo, que unas horas antes era firme, se convirtió en una trampa.
La más pequeña de la camada era también la más lenta.
Una cachorrita negra.
Liviana.
Frágil.
Con las patitas todavía torpes y ese modo inseguro de caminar que delata a los que aún necesitan demasiado a su madre.
Ella intentaba seguir el olor del cuerpo de su mamá.
Intentaba no perder de vista el movimiento de su cola bajo la lluvia.
Pero la corriente de barro la alcanzó de costado.
Fue un segundo.
Tal vez dos.
Pisó mal.
Resbaló.
Y cayó en una hondonada donde el agua arrastraba tierra suelta sin descanso.
Intentó levantarse.
No pudo.
Volvió a intentar.
Se hundió más.
Llamó.
El sonido salió pequeño, ahogado por el viento.
Su madre se volvió.
La buscó.
Retrocedió.
Gruñó al temporal como si pudiera pelear contra él.
Pero otro de los cachorros empezó a llorar desde el borde del sendero, y la lluvia aumentó de golpe.
La oscuridad lo cubrió todo.
En una noche así, el mundo puede tragarse un cuerpo diminuto sin dejar rastro.
La cachorrita siguió moviéndose hasta que el cansancio le robó casi toda la fuerza.
El barro le cubrió el pecho.
Le enfrió el vientre.