La noche era oscura y violenta.
La lluvia caía sin piedad sobre las calles del mercado, donde el barro se mezclaba con los restos de basura que flotaban por doquier.
Junto a la acera, un cuerpo pequeño y empapado se movía débilmente.
Era una madre perra negra, flaca, con los huesos marcados bajo la piel cubierta de lodo.
Una cuerda gastada aún rodeaba su cuello, testigo silencioso de días de sufrimiento.
Bajo su pecho, un cachorro tembloraba, mojado y aterrado.
El frío calaba sus huesos.
El cachorro se presionaba contra su madre buscando calor.
Cada parpadeo de su madre le parecía una eternidad.
Ella había pasado los últimos días buscando restos de comida cerca del mercado.
Cada humano que veía la ahuyentaba.
Algunos incluso la golpeaban con palos o piedras.
Pero nada importaba más que su pequeño cachorro.
Siempre regresaba a él.
Esa noche, la tormenta alcanzó su punto máximo.
El agua cubría las calles y la madre apenas podía mantenerse consciente.
El hambre la debilitaba y el cansancio la vencía.
Finalmente, se dejó caer sobre la carretera, tratando de cubrir a su cachorro con su cuerpo.
El cachorro, desesperado, lamía su cara, rogándole que despertara.

Los coches pasaban a gran velocidad, sus luces iluminando brevemente a la pequeña familia.
Nadie se detenía.
Nadie los veía.
Horas después, un recolector de basura llamado Rahim aparecía para su turno nocturno.
Empujando su carrito bajo la lluvia, notó un par de ojos brillantes entre los contenedores.
Se acercó lentamente.
La visión lo dejó paralizado.
El cachorro estaba junto a su madre, protegiéndola aunque ella no respondía.
Empapados, fríos, solitarios.
Rahim dejó caer su paraguas y se arrodilló.

La madre respiraba débilmente.
El cachorro temió al principio que el hombre también los lastimara, pero pronto apoyó su cabeza en su mano.
Rahim los cubrió con una manta y los llevó a la clínica de rescate más cercana.
Los veterinarios trabajaron sin descanso.
La madre estaba deshidratada y al borde de la muerte.
El cachorro permaneció a su lado, llorando cada vez que ella era trasladada.
A la tercera mañana, milagrosamente, la madre abrió los ojos.
El cachorro corrió hacia ella, lamiéndole el rostro con alegría infinita.

Semanas después, ambos se recuperaron.
Rahim los adoptó y les dio un hogar seguro.
Desde entonces, cada noche lluviosa, el cachorro sigue acurrucado junto a su madre, recordando la noche en que casi la pierde para siempre.