El oscuro secreto detrás del rincón donde EGO dormía encadenado. h

EGO no tenía una cama.

Ni una manta limpia.

Ni un patio donde correr.

Ni siquiera un rincón que pudiera llamarse suyo de verdad.

Lo que tenía era un espacio estrecho entre una pared agrietada y unos palos viejos mal sujetos.

Un hueco oscuro.

Un escondite.

Un lugar donde apenas cabía su cuerpo cansado.

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Y, sin embargo, era ahí donde dormía.

O al menos donde intentaba dormir.

Porque lo que Marta vio aquella tarde no fue el descanso de un perro tranquilo.

Fue la derrota silenciosa de un animal que había aprendido a sobrevivir sin esperar nada bueno de nadie.

Desde hacía semanas, Marta escuchaba ruidos raros detrás de la casa vecina.

No eran constantes.

Y quizás por eso inquietaban más.

Un sonido de cadena arrastrándose.

Un gemido corto.

A veces un golpe seco.

A veces nada.

Pero había silencios que decían demasiado.

Silencios de esos que se quedan pegados al pecho.

Ella vivía al fondo del pasillo, en una vivienda sencilla con paredes pintadas de un blanco ya cansado por el tiempo.

Conocía cada sonido normal del barrio.

Los niños al volver de la escuela.

La radio de la señora Teresa en las mañanas.

El carrito del pan.

El portón del taller.

Pero aquellos sonidos de la casa contigua no pertenecían a la rutina.

Tenían algo más.

Algo contenido.

Algo triste.

Al principio creyó que exageraba.

Después pensó que quizás el perro era viejo.

O enfermo.

O simplemente huraño.

Hasta que aquella tarde decidió mirar con calma por la rendija del muro.

Y entonces lo vio.

EGO estaba acostado sobre unas tablas viejas.

Debajo tenía una tela roja sucia y arrugada.

La cadena salía de su cuello y bajaba pegada a un poste, dejando claro que no podía moverse mucho más allá de ese punto exacto.

Dormía con la cabeza apoyada contra la pared.

Como si el cuerpo se le hubiera apagado solo por cansancio.

Como si el mundo, allá afuera, fuera demasiado duro incluso para mantenerse despierto.

Marta sintió un vuelco en el estómago.

Porque no hacía falta tocarlo para entender que ese animal vivía con miedo.

A veces el miedo no ruge.

No gruñe.

No se ve en los dientes.

A veces se ve precisamente en lo contrario.

En la inmovilidad.

En el silencio.

En esa manera de encoger el alma hasta ocupar lo mínimo posible.

EGO tenía el cuerpo tenso incluso dormido.

Las orejas seguían semilevantadas.

La mandíbula no estaba suelta.

Y una pata apuntaba hacia la salida de ese rincón con una intención tan triste que Marta no pudo dejar de pensar en ello.

Parecía un perro durmiendo.

Pero también parecía un perro listo para huir aun dentro del sueño.

Eso fue lo que más le dolió.

No la suciedad.

No la falta de agua.

No la madera rota.

Sino la idea de que ni siquiera dormido se sentía a salvo.

Marta conocía de vista al hombre de esa casa.

Se llamaba Rubén.

No hablaba casi con nadie.

Entraba y salía con el gesto duro, como si el mundo entero le debiera algo.