La lluvia había comenzado al amanecer.
Primero como una llovizna gris.
Luego como una cortina fría y obstinada que fue vaciando las calles.

En esa parte olvidada de la ciudad, donde las cercas viejas se apoyaban unas contra otras y el pavimento parecía siempre cansado, el agua corría por las cunetas arrastrando barro, papeles, colillas y restos de un día que aún ni siquiera había empezado.
Nadie quería estar allí.
No era un lugar para quedarse.
Era un lugar para pasar rápido.
Bajar la cabeza.