La lluvia había empezado antes del amanecer.
No una tormenta feroz.
No un aguacero cinematográfico.
Solo esa llovizna insistente y fría que vuelve las calles de Santa Fe más grises, más resbalosas, más silenciosas de lo normal.
A esa hora, la mayoría de los comercios del casco antiguo seguían cerrados.
Las persianas metálicas estaban bajas.

Los puestos de artesanía apenas se estaban armando.
Los turistas todavía no llenaban la plaza.
Y la callejuela de adoquines detrás del mercado parecía uno de esos rincones de ciudad que solo existen para quienes trabajan allí todos los días.
Jonah Mercer la conocía bien.
Pasaba por allí cada mañana con su camioneta de reparto, dejando pan en el café de la esquina, en la tienda de sándwiches y en una pequeña panadería familiar dos cuadras más abajo.
Era una ruta aburrida.
Predecible.
Y, en días así, húmeda hasta los huesos.
Jonah tenía treinta y nueve años.

Espalda castigada.
Pocas palabras.
Y la costumbre de notar ciertas cosas sin decir nada.
Por eso registró la ausencia antes incluso de ver el desastre.
No estaba Eleanor.
Y tampoco estaba Nico con ella.
Eso ya era raro.
Muy raro.
Porque si uno aparecía, el otro también.
Siempre.
Eleanor Price era parte del paisaje de esa calle.
Una mujer delgada, de manos torcidas por la artritis y una paciencia de otro siglo.
Tenía un pequeño taller de arreglos de ropa y tejidos al fondo de la callejuela, en un local con puerta verde y un letrero torcido que decía Eleanor’s Mending.
No era un negocio grande.
No hacía falta.
Le bastaba para pagar lo justo y mantenerse ocupada.
Dobladillos.
Cremalleras.
Bufandas hechas a mano.
Pequeñas reparaciones para la gente del barrio.
Y a su lado, casi como otro empleado silencioso del lugar, estaba Nico.
Pequeño.
Blanco cuando estaba limpio.
Gris cuando llovía.
Con pelo alborotado, orejas finas y un carrito trasero hecho a mano que traqueteaba sobre los adoquines como una pequeña máquina obstinada.
Nico no había nacido así.
La historia de su silla era conocida por todos los comerciantes de la zona.
Años atrás, lo habían atropellado en un estacionamiento detrás de una farmacia.
Eleanor lo encontró aún vivo.
Lo llevó a una clínica.
Pagó lo que pudo.
Lloró cuando le dijeron que nunca volvería a caminar con normalidad.
Y luego hizo lo que siempre hacía con las cosas rotas.
Se negó a aceptar que eso fuera el final.
Compró piezas usadas.
Recicló ruedas de un carrito infantil.
Cortó correas de una mochila.
Lijó.
Ajustó.
Probó.
Falló.
Volvió a intentar.
Hasta que Nico tuvo algo parecido a una segunda oportunidad.
No perfecta.
No elegante.
Pero suya.
Desde entonces, Eleanor y Nico se movían como una pequeña unidad.
Ella caminaba lento.
Él la seguía con el carrito.
Ella cargaba bolsas.

Él vigilaba.
Ella hablaba con los clientes.
Él recibía caricias y migas blandas como si esa fuera una parte importante del trabajo.
La gente los veía y sonreía.
No porque fueran una postal de felicidad fácil.
Sino porque había algo profundamente honesto en ellos.