Durante dos años, mi marido estuvo destinado en un servicio militar obligatorio: dos años de cenas vacías y un perro golden retriever esperando en la puerta todas las noches.

Cada sonido hacía que Daisy sobresaliera. Cada decepción terminaba con su cabeza en mi regazo: «Quizás mañana», susurraba.
Entonces, un día, la puerta se abrió.
Él estaba en casa.
Por un instante, Daisy se quedó paralizada. Luego ladró y corrió a sus brazos, llorando, lamiendo, temblando de alegría.

Se arrodilló, abrazándola fuerte. «Te he estado esperando», susurró.
Esa noche, ella se negó a dejarlo, durmiendo sobre su pecho como si nunca más fuera a soltarlo.

Porque el amor —el que espera, protege y nunca olvida— no necesita palabras.
Simplemente corre, a toda velocidad, directo a casa.