El perro llevaba allí tanto tiempo que la gente había empezado a tratarlo como a un miembro más del jardín.
Esa fue la parte más cruel.

No solo el hambre.
No solo la suciedad.
Ni siquiera la forma en que su cuerpo se había encorvado por la debilidad hasta el punto de parecer la mitad de su tamaño real.

Era la facilidad con la que el sufrimiento se vuelve invisible una vez que permanece demasiado tiempo en un mismo lugar.
El taller de reparaciones estaba situado al final de un callejón estrecho, junto a un bloque olvidado de pequeñas casas de alquiler.
Antes había sido un lugar concurrido.
La gente solía venir a buscar neumáticos usados, soldadura barata y repuestos de motocicletas remendados.
Ahora solo quedaban vallas rotas, bidones oxidados, montones de metal doblado y un muro bajo de arcilla que atrapaba el calor hasta la puesta del sol.
Detrás de ese muro, sobre la tierra roja y desnuda, yacía el perro.
Todas las mañanas, Rosa Jiménez lo veía desde la ventana de la cocina de la casa de su hermana, al otro lado de la calle.
Tenía cincuenta y nueve años.