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La gente pensaba que Mika simplemente dormía entre las flores blancas… hasta que los dos cachorros se acercaron, permaneciendo en silencio junto a su madre como si aún esperaran a que abriera los ojos para su último viaje.

El cementerio estaba inquietantemente silencioso aquella mañana.

No se oía ningún ruido de coches.

No se oían voces humanas.

Solo el viento susurraba entre las hileras de cruces blancas, el aroma a tierra húmeda persistía tras la lluvia de la noche anterior, y la manta rosa se extendía bajo el cuerpo inerte de un viejo perro que había viajado casi medio mundo.

May be an image of dog

Su nombre es Mika.

Hace casi quince años, Mika era solo una perrita pequeña con ojos brillantes y un pelaje suave y cremoso. Pero entonces vivió una vida que no todos los animales tienen la oportunidad de experimentar. Dormía en viejas furgonetas durante largos viajes por Europa, se sentaba junto a la ventana a observar los campos pasar como en películas mudas, corría por las playas del Caribe con la arena pegada a sus patas y luego navegaba en pequeñas embarcaciones por las profundas aguas azules del Pacífico Sur.

Mika es mucho más que un perro.

Es un techo que respira.

Un compañero silencioso.

Es el corazón el que siempre está presente en el asiento del pasajero, en la proa del barco, bajo el cielo estrellado, en cada amanecer y en cada atardecer.

El dueño pensaba que Mika se quedaría allí para siempre.

Igual que pensamos en las cosas que más amamos.

Hasta esa mañana.

Mika yacía muy quieto.

Sin escalofríos.

Sin dolor.

No tengas miedo.

Su cuerpo estaba rodeado por una corona de flores blancas, con algunas margaritas amarillas colocadas cerca de sus patas delanteras, como si alguien supiera que un viajero como él merecía ser despedido con la suavidad de la tierra.

Pero lo que rompió el corazón de la gente no fue solo Mika.

En cambio, había dos cachorros de pie junto a ellos.

Un cachorro permanecía de pie cerca de la cabeza de su madre, con sus redondos ojos negros que parecían desconcertados, acercándose poco a poco de vez en cuando como si intentara oler si aquel aroma familiar seguía allí.

El otro perro permanecía cerca de Mika, inusualmente silencioso, sin ladrar ni correr, simplemente mirándola a los ojos cerrados como si esperara la más mínima señal.

En un abrir y cerrar de ojos.

Un suspiro.

Un movimiento muy leve.

Pero no pasó nada.

Y entonces el dueño comprendió de repente por qué aquel momento había sido tan doloroso.

Porque esos dos cachorros no estaban simplemente de pie junto a un perro viejo.

Estaban de pie junto a una madre.

Una madre que amaba profundamente.

Hemos recorrido un largo camino.

Ha llevado en su interior el viento, las olas, el polvo del camino y horizontes sin nombre.

Quizás son demasiado jóvenes para comprender qué es la muerte.

Lo único que sabían era que el cuerpo familiar se sentía más frío hoy.

Que el corazón que una vez los arrulló hasta el sueño ha dejado de latir.

Que la persona que siempre estaba ahí… de repente dejó de contestar.

El dueño se arrodilló junto a Mika.

Con manos temblorosas, acarició suavemente el pelaje de su frente.

Los recuerdos volvieron como una ola gigante.

Mika estaba sentada delante de la furgoneta, disfrutando del sol de la mañana en Portugal.

Mika dormía acurrucada mientras la lluvia golpeaba el techo del coche en Croacia.

Mika estaba de pie en la proa del barco, con las orejas erguidas por el viento y la mirada fija en el mar infinito, como si supiera que cada viaje tiene su propio significado.

Mika está envejeciendo muy lentamente.

Es tan lento que la gente se engaña a sí misma pensando que todavía tiene mucho tiempo.

Hasta que el tiempo, silenciosamente, le ponga fin.

Y en ese preciso instante, el cachorrito que estaba junto a la cabeza de Mika se acercó aún más.

Se inclinó hacia abajo.

Coloca suavemente tu naricita contra la mejilla de tu madre.

Entonces quédate quieto.

Nadie le enseñó a hacer eso.

Nadie le dijo que esto era un adiós.

Pero hay penas que se pueden comprender instintivamente.

Hay pérdidas que no necesitan palabras.

La dueña se mordió el labio con fuerza para no romper a llorar.

Porque en ese momento, Mika no parecía una criatura cuya vida acababa de terminar.

Es como un viajero que descansa antes de partir de nuevo.

Encendedor.

Más.

Llegar a un lugar donde la vejez ya no sea cosa del pasado, donde el dolor ya no sea un problema y donde los pasos ya no se vean ralentizados por la fatiga.

Solo queda el viento.

Solo queda el mar.

Solo quedan horizontes, horizontes que, esta vez, quienes se quedan atrás no pueden compartir.

El dueño se inclinó y besó la frente de Mika por última vez.

Y justo cuando los dos cachorros se acurrucaban junto a su madre, como si finalmente comprendieran que este viaje era de ida sin retorno, sucedió algo extraño que dejó a todos en silencio…

¿Qué sucedió después…?

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Esa mañana, el cementerio no estaba nada frío.

Pero cualquiera que se pusiera frente a Mika sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

No por miedo.

Por el silencio.

Un silencio tan absoluto, tan profundo, como si el mundo entero supiera que algo sagrado acababa de llegar a su fin.

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Mika yacía sobre la manta rosa que había sido cuidadosamente extendida en el suelo.

Las flores blancas cubrían sus hombros y su espalda.

Unas cuantas margaritas amarillas yacían cerca de la base del árbol, brillando como los últimos rayos de sol tras un largo viaje.

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