Nadie sabía por qué el perro empapado por la lluvia seguía luchando por mantenerse en pie. h

La lluvia caía con esa tristeza gris que vuelve más pesadas las calles pobres.

No era una lluvia suave.

Era una lluvia insistente.

Fría.

Larga.

Una de esas tormentas que parecen vaciar el cielo entero sobre el barro y el concreto.

Không có mô tả ảnh.

Junto al borde de una acera mojada, donde el agua corría en pequeños riachuelos oscuros, estaba una perrita callejera de color marrón.

Era pequeña.

Demasiado delgada.

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Y estaba inmóvil.

No porque quisiera descansar.

No porque estuviera esperando a alguien.

Sino porque mantenerse en pie ya era una batalla suficiente.

No tenía patas delanteras.

Su cuerpo entero se sostenía solo sobre las dos patas traseras, tensas, frágiles, agotadas por un esfuerzo que ningún animal debería conocer.

Cada gota de lluvia empapaba su pelaje pegado a la piel.

Cada ráfaga de viento la hacía temblar.

Cada minuto parecía alargar la noche antes de que siquiera empezara.

Los autos seguían avanzando al otro lado de la calle.

Las luces se reflejaban en los charcos.

Los neumáticos salpicaban agua sucia.

La ciudad continuaba su rutina indiferente, como si aquella pequeña vida no estuviera allí, luchando por no caer.

La gente pasaba deprisa.

Con paraguas.

Con bolsas en las manos.

Con los hombros encogidos contra el mal tiempo.

Algunos miraban de reojo.

Otros ni siquiera eso.

Nadie se detenía.

Nadie parecía notar que, a pocos pasos de sus zapatos secos, había una perrita que gastaba toda la fuerza que le quedaba solo para existir.

Pero la historia de aquella perrita no había empezado en esa acera.

Había empezado mucho antes.

En un pequeño pueblo cercano donde las casas eran sencillas y los niños jugaban en la calle hasta que caía la tarde.

Allí, meses atrás, la perrita había sido una cachorra más.

Curiosa.

Inquieta.

Feliz con muy poco.

No tenía collar.

No tenía dueño.

Pero conocía las voces de los vecinos y sabía frente a qué puertas a veces aparecían restos de comida.

Los niños le lanzaban pedacitos de pan.

A veces un poco de arroz.

A veces una caricia rápida antes de correr otra vez detrás de una pelota.

Ella corría tras las bicicletas.

Saltaba sobre la tierra húmeda.

Movía la cola con tanta fuerza que parecía no caberle la alegría dentro del cuerpo.

Era una perrita de calle.

Sí.

Pero todavía conocía la ligereza.

Todavía no sabía que la vida puede romperse en un solo segundo.

La tarde que lo cambió todo también estaba nublada.

El tráfico estaba pesado.

Los cláxones sonaban con impaciencia.

El olor a humo y a asfalto mojado se pegaba al aire.

La pequeña cachorra llevaba horas buscando algo para comer.

Había husmeado cerca del mercado.

Había recorrido los bordes del camino.

Había encontrado apenas unos restos húmedos entre la basura.

Entonces vio algo al otro lado de la calle.

Tal vez un trozo de comida.

Tal vez una bolsa rota.

Tal vez solo el impulso desesperado de un estómago vacío.

Intentó cruzar.

Un camión apareció demasiado rápido.

Nadie gritó a tiempo.

Nadie corrió.

Nadie pudo hacer nada.