Nadie sabía su nombre.
Nadie podía decir con certeza de dónde había venido.
Pero casi todos en esa calle habían visto al perro alguna vez.
A veces debajo de un sedán.

A veces junto a la cuneta.
A veces inmóvil, con la cabeza baja, como si incluso respirar le costara demasiado.
Lo extraño era que siempre aparecía en la misma zona.
No se alejaba.
No cruzaba a otras calles.
No seguía a nadie.
No corría detrás de los puestos de comida.
No ladraba.
Solo se quedaba allí.
Como si aquel pedazo de asfalto húmedo se hubiera convertido en el único rincón del mundo que todavía reconocía.

La calle en Antipolo no era especialmente distinta a otras.
Había fachadas sencillas.
Autos aparcados de forma apretada.
Agua estancada junto a la acera.
Cables colgando.
Motores encendiéndose desde temprano.
Voces de vecinos entrando y saliendo de sus casas.
Ruido.
Prisa.
Rutina.
Y en medio de todo eso, él.
Un perro marrón, envejecido antes de tiempo.
Tan delgado que sus costillas parecían querer salir de la piel.
Con las patas traseras mojadas por el agua sucia.
Con una expresión que no pedía cariño.
Pedía tregua.
Los niños del barrio comenzaron a notarlo primero.
Siempre pasa así.
Los adultos suelen mirar por encima de las cosas.
Los niños, en cambio, se quedan mirando lo que duele.
“Está otra vez debajo del carro rojo”, decía uno.
“No se mueve”, respondía otro.
“Creo que está enfermo”.
“Creo que tiene miedo”.
Nadie se acercaba demasiado.
No porque pareciera agresivo.
Al contrario.
Porque tenía ese aire de animal roto que hace sentir culpa incluso a quien no hizo nada.
Una mujer que vendía comida a unos metros de allí dijo que llevaba viéndolo semanas.
Al principio creyó que era un perro callejero más.
En esa zona aparecían muchos.
Perros que buscaban restos.
Perros que dormían donde podían.
Perros que entraban y salían de la vista de todos sin dejar historia.
Pero este no era igual.
Este no buscaba.
Esperaba.
Había una diferencia.
Los perros que aún pelean por sobrevivir husmean bolsas.
Siguen olores.
Se acercan a las manos con comida.
Este no.
Este se quedaba quieto.
Como si el dolor lo hubiera convencido de que moverse era peligroso.
Como si el cuerpo ya no le respondiera.
Como si cada paso se pagara demasiado caro.
Un joven que trabajaba cerca contó algo que hizo que la calle entera comenzara a unir piezas.
Dijo que un mes antes, a finales de la tarde, escuchó un golpe seco.
No un choque grande.
No el tipo de accidente que detiene el tráfico.
Solo un sonido rápido.
Un frenazo breve.
Un gemido.
Y después silencio.
Cuando salió a mirar, vio un vehículo alejarse.
Y vio al perro.
Tirado.
Intentando incorporarse.
Desorientado.
Arrastrando una pata.
No supo qué hacer.
Pensó que alguien volvería.
Pensó que el dueño aparecería.
Pensó que un vecino lo recogería.
Pensó, como piensan tantos, que otro lo resolvería.
Nadie lo hizo.

Y así empezaron los días.
El perro dejó de caminar con normalidad.