La primera señal no fue un ladrido.
Fue la ausencia de uno.
En los edificios viejos, uno termina conociendo los sonidos ajenos sin querer.
La licuadora del segundo A.
La televisión siempre demasiado alta del primero C.

La pareja que discute los martes.
El niño que corre por el pasillo a las siete y media.
Y también los animales.
Perros que ladran cuando alguien toca el timbre.
Perros que rascan puertas.
Perros que lloriquean cuando se quedan solos.
Por eso Teresa empezó a inquietarse con aquel silencio.
Vivía en el tercer piso de un bloque húmedo y descascarado en una calle donde nadie hacía demasiadas preguntas.
Desde la ventana de su lavadero se veía una pequeña terraza interior perteneciente al apartamento del fondo.
No era exactamente un patio.
Era un rectángulo de cemento cercado por muros amarillos con grietas negras.
Un lugar donde algunos vecinos dejaban escobas, cubetas viejas o muebles rotos.
El hombre del fondo lo usaba para otra cosa.
Allí tenía al perro.
Teresa lo vio por primera vez una mañana de lluvia.
Un cuerpo oscuro, encogido, dentro de una jaula metálica.
Al principio no le prestó demasiada atención.
Pensó que sería algo temporal.
Un par de días.
Tal vez el perro estaba enfermo.
Tal vez lo estaban aislando por alguna razón.
Uno siempre encuentra explicaciones rápidas para no involucrarse.
Eso hizo ella también.
Pero los días siguieron pasando.
Luego las semanas.
Y el perro seguía allí.
Siempre en el mismo punto.
Siempre acostado.
Siempre demasiado quieto.
A veces Teresa abría la ventana y esperaba oír algo.
Un gemido.
Un ladrido.
El ruido de un plato.
Nada.
Solo el sonido del edificio.
Una puerta.
Un cubo arrastrándose.
Alguna radio lejana.
Y abajo, aquella figura cada vez más delgada.
El dueño no hablaba con nadie.
Entraba tarde.
Salía temprano.
Tenía esa clase de mirada que corta cualquier intento de conversación antes de que empiece.
Un par de veces, Teresa lo vio lanzar algo a la jaula.
No podía decir si era comida.
Parecían restos.
A veces ni siquiera eso.
El agua era otra historia.
Había un recipiente metálico cerca del perro, pero casi siempre estaba volcado o vacío.
Teresa se repetía que no podía acusar a alguien solo por lo que veía desde una ventana.
Se decía que quizá el perro estaba viejo.
Que quizá una enfermedad lo había dejado así.
Que quizá el veterinario sabía.
Todo eso se dijo.
Y todas eran mentiras cómodas.
La verdad empezó a imponerse una tarde sofocante de domingo.
Teresa salía a tender una sábana cuando vio al perro intentar incorporarse.
Lo hizo muy despacio.
Con una torpeza que daba miedo.
Primero levantó la cabeza.
Luego una pata delantera.
Después la otra.
Su cuerpo tembló entero.
Quedó a medio levantar durante apenas un segundo.
Y se desplomó de lado sobre el cemento.
No se volvió a mover.
Teresa dejó caer la sábana.
Esperó.
Un minuto.
Dos.
Tres.
Sintió el corazón martillándole las costillas.
Bajó corriendo a la portería y llamó a la puerta del apartamento del fondo.